¿Y tú, vas a dejar que tus sueños se duerman?

¿Y tú, vas a dejar que tus sueños se duerman?

Cansada de no ser feliz, aburrida, hastiada, decepcionada, vagaba por la vida arrancando hojas al calendario sin que nada nuevo aconteciera en su destino. Tenía miedo, mucho miedo, miedo a que le hiciesen daño, miedo de que la volvieran a defraudar, miedo de defraudarse a sí misma,  miedo incluso de tener miedo…

Se sentía paralizada, como inmóvil. Ella, tan jovial y divertida (en otros tiempos) se miraba al espejo y no se reconocía. No sabía quién era, ni en qué se había convertido, olvidada de sí misma, ya no recordaba cómo vivir.

Una madrugada se despertó sobresaltada y, deseosa de volver a introducirse en su sueño, no abrió los ojos para poder regresar. ¡Y lo consiguió!  Allí estaba ella, con una sonrisa en su cara, llena de proyectos en su cabeza, con 20 mil sueños por cumplir….

Porque sí, ella era soñadora, siempre lo había sido y todos le decían que se bajara de las nubes… y, desgraciadamente para ella, un día,  les hizo caso. Dejó de soñar, se dedicó a vivir como lo hace todo el mundo y se convirtió en un ser anodino, insulso y carente de ilusiones y de sueños.

Se casó con un buen hombre, del que locamente enamorada no estaba, pero como había aprendido que los Príncipes Azules no existían, ¿para qué buscar más? Él la quería, con eso debía bastar.

Tuvo 3 hijos, muy muy joven, porque había que tenerlos, era la tradición familiar,  y los crió con amor y dedicación. Tenía casi un cuarto hijo: su marido, un hombre bueno, pero soso, aburrido y bastante conformista, trabajador, sí, hacía lo que le decían y en casa también, claro está. Ella llevaba las riendas del hogar y casi todo bajo sus espaldas, no le pesaba (no lo pensaba)

Los hijos crecieron, abandonaron el hogar y ella se quedo con su “anti príncipe azul”, su soso y anodino marido. Era bueno, eso sí, pero insulso y conformista. Era tan plácido y tranquilo que una mañana ya no despertó…

Y, allí estaba ella, casi a punto de cumplir los 50 años y con el hogar vacío y silencioso, con miedo y sin saber cómo continuar una vida que no era la vida que ella había soñado….

Por suerte ¡lo consiguió! regresó al sueño y descubrió, feliz, que tenía una nueva oportunidad para volver a empezar. Se despertó, relajada, con paz, una paz que hacía muchos años que no sentía. Se levantó corriendo hacia el espejo del cuarto de baño y, aún  a sabiendas de que los 50 ya no los cumplía más, vio a esa niña repleta de sueños, que seguía dentro de ella y que se había despertado para no irse nunca jamás.

¿Y tú, vas a dejar que tus sueños se duerman? Sí, tú, que me estás leyendo, no mires a otro lado, te estoy hablando a ti, no te escondas y comparte conmigo lo que te ronda por tu cabeza… ¡despierta!

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